Dr. Marcos A. Ramos. Foto Ecoinformativo.
Dr. Marcos A. Ramos. Foto Ecoinformativo.

Las ceremonias de canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II han atraído la atención de la prensa en los últimos días. Hasta la televisión cubana decidió trasmitirlas a la teleaudiencia de un país eminentemente secularizado donde la mitad de la población no ha sido bautizada en alguna Iglesia. No fue el cubano el único caso. Después de una serie de informaciones negativas acerca de la conducta de buena parte del clero, la elección y agradable ejecutoria del papa Francisco ha mejorado la imagen de la Iglesia y quizás hasta la asistencia a misa en algunos sitios, aunque si atraer nuevos feligreses. Aún para los no católicos lo acontecido es noticioso y tiene su importancia.

Nunca antes habían sido canonizados dos papas simultáneamente. El último papa en ser canonizado había sido Pio X (nacido Giuseppe Melchiorre Sarto). Pero durante el pontificado de Juan Pablo II el número de personas canonizadas rompió todos los records anteriores. También ha ocurrido que algunas canonizaciones se producen ahora a los pocos años del fallecimiento de los nuevos beatos y santos de la Iglesia Católica, algo que se había evitado  o no había sucedido generalmente en el pasado.

De todas formas, la gran popularidad alcanzada por Juan Pablo II convertía casi en indispensable el enorme reconocimiento de todo un sector de su Iglesia, al cual se unían infinidad de personas que celebraron la caída del socialismo real, asunto atribuído al menos parcialmente al mencionado Romano Pontífice, entre otras figuras mundiales como Ronald Reagan, Boris Yetsin y sobre todo Mijail Gorbachev.

Independientemente de méritos y limitaciones, propias de la condición humana en todas las religiones y partidos, para alguien que no profese el catolicismo romano todo esto es algo muy respetable, pero ajeno a sus creencias. Aun así, cada uno tiene sus preferencias en situaciones tan difundidas y, sin compartir en detalles mi criterio sobre otros personajes que han alcanzado la canonización en años recientes, deseo expresar mi admiración, específicamente, por Angelo Roncalli, el papa Juan XXIII.

De la misma manera que reconozco en Juan Pablo II a un hombre que supo utilizar con gran destreza las comunicaciones modernas, movilizando multitudes en defensa de sus principios particulares, y considero a Benedicto XVI un papa de gran erudición y dominio de los estudios teológicos, he podido distinguir en Juan XXIII al hombre discreto y sencillo que logró mejorar como ningún otro papa las relaciones entre los seres humanos. Algo que alcanzó de muchas maneras, pero sobre todo al extender la mano, más que otros que le antecedieron o sucedieron en el cargo, a protestantes, ortodoxos y judíos, preparando y facilitando el camino para el actual papa Francisco, que ha hecho énfasis hasta en el mejoramiento de relaciones con los no creyentes, los cuales, no debe esto olvidarse, son seres humanos que merecen respeto y atención, exactamente en igualdad de condiciones con el resto de los que convivimos en el pequeño planeta Tierra.

Soy protestante, pero no anticatólico, como tampoco me considero enemigo o adversario de los otros mortales. Los cristianos, aún reunidos todos, somos sólo una minoría en esta vasta humanidad que nos rodea. Con el tiempo, no seremos mayoría ni siquiera en el continente americano. Eso quizás demore si sumamos en un futuro no muy lejano las cifras de católicos, protestantes y evangélicos de nuevo cuño, todos inmersos en un mundo de secularismo, en parte creado por el mal ejemplo que con frecuencia hemos dado los cristianos.

Y si somos realistas y no acudimos a estadísticas infladas y vetustas ya no somos mayoría en la vieja Europa. Una gigantesca multitud en Roma o un gran congreso protestante en algún reducto evangélico europeo no debe servir para negar la realidad de que a una amplia mayoría de los habitantes del Viejo Mundo no le interesa demasiado nada de esto. De la misma manera que hay más interés en cantantes y deportistas que en clérigos en el Nuevo Mundo. Queda si acaso el triste consuelo de que el rechazo a los politicos es aún mucho mayor.

Pero figuras como la de Juan XXIII, más allá de las debilidades que todos compartimos, servirá de iluminación a futuras generaciones cuando se apaguen algunas pasiones y los frecuentes fuegos artificiales que hemos creado en todos los aspectos de la existencia. Sin menoscabo para otras figuras en el mundo de la religión o en cualquier otra actividad humana, dedico hoy este modesto artículo a alguien que me inspiró en los ya lejanos días de mi adolescencia, Angelo Roncalli, el papa del Concilio Vaticano II y de la mano extendida, mi admirado Juan XXIII.  Su época no era todavía propicia para ciertas reformas que se van imponiendo con el tiempo, ni se tenía el mismo acceso al conocimiento de ciertos problemas que ha ido revelando la explosion actual de la información. Roncalli era un hombre de su tiempo, no podia esperarse otra cosa.

Mi respeto a las ceremonias de esta semana en Roma, pero este viejo protestante ya había canonizado en sus sentimiento a ese ciudadano del mundo y amigo de todos los humanos.